Los efectos de las groserías. Por: George Mendez/Revista "El Comercio Tradicional al Detalle". Diciembre 5, 2018. Uneabasto.com

Las aprendí desde niño; por el énfasis que le ponían quienes las decían, eran para mi fáciles de recordar, ya que además eran concisas y breves.

Sin embargo, mi familia me prohibía decirlas porque según ellos, las groserías sólo las expresaban “los pelados, los corrientes, personas con poco vocabulario”, que nosotros éramos diferentes y no podíamos parecernos a ellos. ¿Tú crees?

Ahora, me doy cuenta que debía haberlas practicado desde entonces, pues los dizque pelados parecían ser más felices que yo; cuando las decían yo observaba que les dejaban de preocupar muchas cosas.

Poco a poco, he ido aprendiendo que decirlas no es tan malo; nos hacen sentir bien ya que expresan mejor mucho de lo que queremos decir.

Las decimos cuando nos enojamos, ya sea porque las cosas no nos salen como esperábamos o porque el coche de al lado se nos metió en nuestro carril, y más aun cuando alguien nos agrede o nos humilla o nos ganó el lugar, y aunque no se lo digamos de frente, nos vienen a la mente muchas de ellas.

La fuerza y rigor que ponemos al pronunciarlas nunca es el mismo que el resto de las palabras que decimos cuando platicamos con alguien.

Cuando auténticamente las expresamos o sólo las sentimos sin decirlas, en ese momento las facciones de nuestra cara se transforman y nuestra voz cobra más fuerza, hasta nos hace parecer más valientes y feroces.

Los especialistas del tema, aseguran que las groserías tienen funciones psicológicas, emocionales y sociales y que son parte de nuestra vida; todo mundo, poco o mucho, las dice o las piensa, y han sido comunes en todas las culturas. ¡Y sí!

Las expresamos cuando platicamos con amigos o familiares, muchas veces dentro de una queja, otras, en buen plan, como reconocimiento a una virtud particular de alguien (“ese tipo sí es un chingón”); algunas veces nos pueden acercar o identificar con algunas personas, ya que demuestran sinceridad.

Son aquellas palabras que nos gustaría decirle a los que nos han querido dañar u ofender; aquellas veces que hemos sentido impotencia ante jefes, clientes, proveedores o cualquier persona con la que no queremos quedar mal, y tenemos que “tragarnos” el coraje, lo que nos va acumulando resentimientos, que de alguna manera tenemos que eliminar para sentirnos bien y no enfermar.

Esos son momentos en que hay que buscar el lugar, el momento y las personas a quien platicarles nuestro coraje y decir groserías, sin más. Decir groserías nos ayuda a comunicar nuestras emociones con más precisión.

Las groserías en general, son descriptivas, enfáticas, catárticas, liberadoras, energéticas y nos desahogan, sobre todo cuando andamos estresados, traemos muchas represiones, restricciones, cuando hemos sido discriminados, rechazados, cortados, bateados, etc. Decirlas, es como una forma de analgésico, liberan endorfinas y hacen que disminuyan los dolores.

Así que, tú amigo, cuidando que el contexto sea el adecuado para decirlas, no sientas pena por expresarlas. ¡Desfógate!

La verdad es que en ciertos momentos son útiles, necesarias y convenientes porque decírselas a alguien a quien le tenemos resentimiento o mucha confianza, sana nuestro espíritu, aunque pudiera tener sus riesgos.

Todo depende del lugar, la gracia que se tenga para decirlas, del momento, del contexto, la frecuencia, de lo ofensivas que sean y frente a quien se digan.

Sin embargo, lo paradójico de las groserías es que si las decimos siempre, en todo momento, en todo lugar y a todos, pierden su efecto positivo. Además de que ya no nos libera de penas, dolores y preocupaciones, pueden convertirse en peladeces o podemos crear mala imagen.

Por: George Mendez/ Revista "El Comercio Tradicional al Detalle", en colaboración con Uneabasto.com. Todos los Derechos Reservados MMXVIII

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